
Hace unos meses mantuve que lo que caracteriza políticamente a buena parte de los catalanes no es su derecho a la autodeterminación, sino su derecho a la "autoindeterminación". Es decir, el derecho a mantenerse en la ambigüedad. En cierto modo, podemos decir que cierta alma del país expresa elementos hamletianos.
En Hamlet, Shakespeare plantea el tema de la identidad. La pregunta básica del personaje es ¿quién soy? Y en lo elusivo y caleidoscópico de la respuesta se ve la influencia del escepticismo de Montaigne: no existe un yo permanente, sino un conjunto de percepciones cambiantes y en buena medida contradictorias (Hume mantendrá algo similar un siglo más tarde). Hamlet es muchas cosas a la vez, un estudioso de la filosofía, un apasionado de las palabras, un moralista indiferente, un asesino, un indolente, alguien que desprecia las emociones de los demás y es capaz de actuar, cuando lo hace, con una crueldad extrema, etcétera.
Carl Schmitt nos recuerda que, a diferencia de las certezas sobre la culpabilidad de los personajes de la tragedia griega (Orestíada), Hamlet empieza con la incertidumbre sobre si la madre del protagonista es o no cómplice del asesinato del padre. La obra no aclara el tema, probablemente porque esa misma circunstancia ocurrió de verdad con Jacobo I y su madre María Estuardo de Escocia. Pero sí resuelve la culpabilidad de Claudio, el tío de Hamlet y luego su padrastro y rey. Hamlet quiere conocer la verdad de lo sucedido. Su mente es ágil. Está llena de palabras certeras. Pero su inteligencia arrastra una permanente tensión epistémica que le paraliza. Cuanto más conoce menos capaz es de actuar. De hecho, no actúa ni cuando ya está seguro de la culpabilidad del nuevo rey. Tiene decidida su venganza, pero no es capaz de llevarla a cabo. Hamlet manifiesta una enfermiza debilidad de espíritu y de carácter. Su melancolía tiraniza las demás emociones. El dilema del famoso "ser o no ser" lo es entre el estoicismo y el activismo: aceptar los problemas con serenidad o actuar con el fin de superarlos. Lo primero supone la aceptación voluntaria de lo que se percibe como inevitable. Muestra la aceptación de los cuatro principios estoicos: imperturbabilidad, indiferencia, insensibilidad y autosuficiencia. Por el contrario, lo segundo aboca a la acción, aun ignorando parte de los elementos que nos encontraremos, pero sabiendo que la acción transforma a los propios actores y sus resultados.
Diríase que buena parte del nacionalismo catalán, incluidos los sectores catalanistas del PSC y de ICV, están presos en un dilema hamletiano. Saben de sobras que el país no va a disponer ni de un reconocimiento nacional adecuado ni de un autogobierno que merezca ese nombre mientras el Estado siga manifestando una cultura política primitiva, poco liberal y nada pluralista, así como un neonacionalismo con una creciente seguridad en sí mismo. Y saben también que la Unión Europea no supone una vía para esos objetivos, puesto que es y actúa como una organización de estados, en los que se apoya y a los que refuerza. Pero a pesar de dicho conocimiento, este nacionalismo catalán no establece proyectos y estrategias potentes para que el país se autogobierne realmente, garantice su libertad colectiva y sea un actor internacional.
La conversación catalana de estos temas muestra una permanente intranquilidad insatisfecha. Y una vocación por la retórica más que por la acción decidida. Como Hamlet, es en parte víctima de su propia reflexión. Y también expresa debilidad de espíritu. En el siglo XXI, las minorías nacionales de las democracias complejas en tiempos de globalización y multiculturalidad tienen dos marcos generales posibles - que luego se concretan en varios escenarios institucionales-: buscar una acomodación solvente a través de fórmulas de federalismo plurinacional o de consenso o buscar una mayoría interna suficiente para lograr su independencia. ¿Cuál es más realista en este caso? La respuesta no es clara.
En relación con la segunda opción, lo que en el fondo viene a decir la conocida opinión del Tribunal Supremo canadiense sobre la secesión de Quebec es que en una verdadera democracia, si se cuenta con una mayoría suficiente, la secesión resulta un proceso imparable, por encima de las reglas constitucionales y del derecho internacional. Cuando Hamlet finalmente actúa, muestra que su carácter no estaba capacitado para enfrentar la situación. Y la tragedia sobreviene. Podría argumentarse que eso también ocurriría en el caso de un proceso de Catalunya hacia la independencia. No lo creo. La sociedad catalana ha demostrado con creces que no es nada hamletiana en muchos ámbitos donde actúa: en economía, en investigación, en cultura, en la iniciativa de su sociedad civil, en arte, en deportes... Es decir, en los ámbitos en los que no tiene tantas constricciones.
La ambigüedad de la "autoindeterminación" ha dado sus frutos en las últimas décadas, pero, para llegar a cualquiera de los dos marcos anteriores, es el momento de cambiar de guión. Entre otros motivos porque "la otra parte contratante" está cambiando el suyo. Pero para ello hay que mostrar proyectos claros, voluntad de acción y la máxima unidad transversal entre partidos. ¿Tan difícil es mostrar liderazgo político y unidad de acción en lo fundamental para el futuro del país?
Article publicat a La Vanguardia el 29 de maig de 2008.
Escrit per: Ferran Requejo



147 milions aportava Barcelona a l'Estat i en rebia a canvi 16 el 1900, mentre que Madrid n'aportava 112 i en rebia 166
Graell en els pressupostos de 1900: Madrid paga a l´Estat 112 milions i rep en despesa pública 166 milions, Barcelona aporta 147 milions i en rep 16.

Estudi d'opinió...
JurÃdic / Institucional
Dictamen jurÃdic del Referèndum d'iniciativa popular sobre la independència de Catalunya
Veure'n +